miércoles, 31 de marzo de 2010

POSTALES

del ascenso, la gloria y el ocaso del Club

Por Leonardo Sciagosicci
Quinta Entrega:
1- Introducción
2- Geografía del Misterio
3- Lo nuevo de Manara
4- La pregunta del millón

1.. Bienvenidos una vez más al formato tradicional de esta columna de cuentos ficticios, de tierras paralelas, realidades alternativas y narraciones extraordinarias. Súbanse al Cronomaster y sumérjanse en una historia que nunca ocurrió pero muchos recuerdan.

2.. Callao casi Sarmiento. Es un edificio antiguo pero no viejo. Es uno de esos edificios tristes y parsimoniosos, de esos que si uno no busca, jamás encuentra. No llaman la atención, no sobresalen, ni siquiera sobran, apenas se funden con las construcciones de alrededor y pasan desapercibidos. A pesar de los mármoles de su interior, del escaso bronce lustrado y la imponente vitrina con los nombres de las empresas que ocupan sus oficinas –armados letra a letra-, uno se mete. Al fondo hay un escritorio de madera, a veces con un viejito con cara de pocos amigos y menos ganas de trabajar que un sindicalista en enero. Uno amaga un gesto para saludarlo, por las dudas nos interrogue sobre nuestro destino, pero a fines de los ‘80s, todavía a nadie le importa quién entra a qué oficina, y no nos piden documentos, ni scanners de retina, ni análisis de sangre. El viejito sigue adormilado, haciendo acto de presencia; alguna mañana especial, quizá está lustrando los pasamanos de bronce o las manijas, una vez barrió la vereda.
Vamos al segundo piso y como no terminamos de entender la disposición de las oficinas y los escalones asustan, preferimos jugarnos la vida y apostar porque ese ascensor claustrofóbico del tiempo de Otis no va a caerse justo ahora. Rezamos porque nadie quiera subir con nosotros y apretamos el número 2. Tras un sacudón inicial y uno final, llegamos a un recibidor de 3 por 1 con un par de puertas y algunas ramificaciones por vericuetos y laberínticos pasillos. Por suerte, si no vamos a la Asociación Argentina de Amigos del Tenis o algo así, nuestra opción es una puerta a la derecha, que se asemeja a la de los detectives privados en las películas clásicas. Tal vez tenga el nombre del local pintado en el vidrio, o un papel cerca de la manija, no importa. Las voces me guían. Sin dudas es acá. Risas, ‘boludos’, voces que hablan fuerte sobre temas que sólo unos pocos iniciados pueden entender. Somos de uno esos. Abrimos la pequeña puerta y el claustrofóbico ascensor parece la llanura pampeana al lado de esta ‘oficina’. Las paredes se nos vienen encima, pero por suerte, están llenas de cómics. Imaginen una habitación de 2 x 2 partida al medio con una pared forrada de piso a techo con cómics. Del lado que el público no puede acceder hay decenas de estantes con toda la merca ordenada para alquilar; es la Biblioteca que se niega a desparecer, relegada por la venta. Es evidente que el público prefiere leer sus propias revistas, o la posibilidad de poseer aquellos cómics que leyeron y les gustaron. Bueno, el material que está a la vista en ese muro avasallador está a la venta. Mejicanas, brasileras, americanas y españolas, cientos de personajes saltan a tus ojos. Querés avanzar sin dejar de mirar ese calidoscopio de súper-seres y mujeres pechugonas, pero en el poco espacio de oficina abierta al público, hay un sillón demasiado grande desde donde otros comiqueros siguen su animada charla con la personas que ‘atiende’ el ‘local’. Es Shotaro, sentado al fondo en un escritorio tapizado de revistas que, amablemente tratará de asociarnos a la biblioteca -repitiendo un discurso que se nota sabe de memoria y ya lo tiene harto- o de vendernos cualquier cosa que José Antonio haya encontrado en oferta y ha comprado por kilo para el local. Le pedimos lo que queremos, y probablemente no lo tiene o lo tiene alquilado, pero la charla es tan interesante que no podemos irnos. Hasta metemos un bocadillo. Entendemos los chistes y compartimos opiniones con esos otros cebados que no se sabe por qué están ahí dentro hacinados. Anécdota va, crítica viene, accedemos a hojear una revista de un autor del que hablan maravillas y al cabo de unas horas muy amenas, emprendes el regreso por el pasillo mal iluminado, el ascensor escabroso, el viejo impertérrito, el edificio serio y aburrido y te encontrás en Callao y Corrientes hojeando tu nueva revista que te deja culo para arriba. Y sabés que la semana que viene vas a volver a la oficina del Club.

3.. Al local de Santa Fe entraba mucho público casual, no específico, transeúntes, peatones de la avenida, gente normal que pasea y mira. Y eso, se traducía entre muchos otros fenómenos en mujeres. Chicas, personas de sexo femenino que no hubiesen entrado a ninguno de los otros locales del Club si no era a punta de pistola, entraban a Santa Fe con una sonrisa, descubriendo productos extraños, seres mediáticos en merchandising impensable o se les generaba una sinapsis que unía ‘material a la venta’ con ‘persona conocida’ y terminaban comprando un póster para el cuñado, un pin para la primita o un muñeco para el ahijado. ¿Historietas? Mafalda, de vez en cuando, pero las historietas eran filtradas y ninguneadas en el 95% de los casos de este género de clientes. De niñas impúberes a viejas chetas (y chotas), pasando por guarras de secundario privado en jumper y novias abrazadas a sus parejas, señoras mamás que seguían siendo ‘mamitas’, y veteranas que rajaban la tierra, toda la fauna femenina desfilaba por Santa Fe. Ese era el principal motivo del Negro Mario para estar siempre en el mostrador de adelante. Era más trabajo, sí, seguro, había que atender a cientos de personas por hora, a docenas de adolescentes subnormales en busca de excéntricos productos -a veces inexistentes-, pero tenía su compensación: no parabas de ver minas. Cuando entraba una, Mario saltaba del mostrador y -servilleta al cuello- salía al ruedo a brindar una atención especializada como si hubiese entrado Stan Lee o Mick Jagger o Maradona. La clave para avisarle a los demás empleados que ocupaban los puestos del fondo, o que realizaban alguna actividad escondidos en los sectores restringidos al público, era una frase de Mario que pasó a la inmortalidad y a los otros locales: “¿Tenemos lo nuevo de Manara?” o simplificada con el tiempo “Llegó lo nuevo de Manara”. Así, los buitres jeropas se asomaban a ver la calidad de la fémina que había ingresado al local y se relamían con el espectáculo -énfasis en las últimas dos sílabas. Débora de Corral, Dolores Barreiro y miles de mujeres desconocidas sacudieron al local con su presencia y fueron catalogadas como ‘lo nuevo de Manara’. Pero claro, en un local de cómics, referencias comiqueras no podían ser un secreto. Cierta vez ingresó una pareja de novios, ella extremadamente hermosa, mironeando por entre las bateas y los muñecos cerca del mostrador y el Negro dio la alerta. “Che, entró lo nuevo de Manara”... a lo que el fornido novio que andaba por ahí saltó de inmediato. “¿Qué te pasa con mi novia a vos, pelotudo?”. El muchacho, que entendía de cómics –o al menos había leído varios cómics de Manara,- estaba enfurecido, ante la sorpresa de Mario que trataba inútilmente de excusarse. El código había sido descifrado y el enemigo quería destruir al agente secreto que pasaba la información en clave. Afortunadamente el incidente fue aislado y no pasó a mayores. De hecho, se dice que ella volvió después a comprar unos libros de Manara...

4.. Vamos a volver un poco sobre el tema ‘causas de la debacle’ en parte para tratar de responderle a un lector que muy certeramente se cuestiona la caída y entre muchas preguntas se hace la siguiente: “¿No vendían bien?”. La respuesta, estimado coadjutor, es “Sí, claro que sí vendían bien”. A lo que ustedes me dirán ¿cómo es posible que un local que vende bien se funda? Bueno, eso requiere una zambullida en lo profundo del funcionamiento de la “empresa” y vamos a descubrir que con vender bien, no basta. Un local funciona bien cuando las cuentas Vendo-Compro= Retiro Ganancia se mantiene a rajatabla. Es decir, que con lo que se gana de las ventas se compra nuevo material, que genera nueva ganancia y lo que no se reinvierte en más merca o publicidad, ni se usa para gastos fijos (impuestos, sueldos, alquileres), eso, se reparte como Ganancia. Ahora cuando se modifica a Vendo-Retiro= Después vemos, el resultado es un montón de proveedores enojados reclamando pagos o no envían más mercadería, que, un par de veces se pueden bicicletear, pero cuando deja de llegar merca nueva-buena, el factor Vendo se achica, el Compro (pagando posta, no con promesas y cheques voladores) se hace más difícil y si el Retiro se mantiene descontrolado, es como amontonar pólvora en la Asociación de Fumadores con Parkinson. En algún momento, todo te va a volar por el aire. Este puede ser otro de los tantos factores que contribuyeron a la autodestrucción del Monstruo. Espero haber aclarado un poco más sus dudas estimado “No quiero que aparezca mi nombre, gracias”.

***
Quien quiera hacernos llegar su postal del Club, no tiene más que escribirnos a leoleetumail@gmail.com y nos contactaremos con ustedes para averiguar más sobre ese momento del Club que ustedes quieren compartir.
No hace falta que esté narrada, cuéntennos a grandes rasgos la anécdota y vía mail intercambiaremos data para armar nuevas postales y figurarán como co-autor, o como personaje dentro de la anécdota o anónimamente, como ustedes prefieran. No hace falta que sea un gran momento o un hecho relevante, simplemente una pequeña circunstancia que hayan vivido en el Club que recuerden –por lo bueno, por lo malo o por lo bizarro- y crean que se pueda compartir a manera de postal. Vamos, esa es la forma de participar en esta entrada del blog. Esperamos su material para nuevas postales.
Leo Sciagosicci
sobre una idea de D. Accorsi

viernes, 26 de marzo de 2010

Salió la Komikku!

Ya está disponible en las mejores comiquerías y en kioscos de revistas de Capital y Gran Buenos Aires una nueva edición de Komikku, la hermana oriental de Comiqueando.
Para fines de Abril estamos preparando una nueva Comiqueando de 96 páginas.

jueves, 11 de marzo de 2010

ROBIN WOOD PRESENTA 1811 EN BUENOS AIRES


1811 es una historieta histórica, que narra nada menos que la gesta revolucionaria que concluyó con la independencia de la hermana República del Paraguay. Recientemente editada en el país vecino, contó con un prólogo del Presidente Fernando Lugo y de una distribución masiva a través del diario ABC Color.
Ahora el libro comienza a distribuirse también en Argentina y, para festejarlo, el guionista Robin Wood y el dibujante Roberto Goiriz se presentarán en el Salón Poeta Elvio Romero de la Embajada de Paraguay en Buenos Aires (Av. Las Heras 2545), el jueves 25 de marzo a las 19 hs., con entrada libre y gratuita.
Los autores disertarán acerca del libro, responderán las preguntas del público y firmarán ejemplares.
Además, la Embajada de Paraguay exhibirá reproducciones a todo color de las planchas originales de Roberto Goiriz en una muestra que se podrá visitar hasta el día 30 de mayo en el horario de 10 a 15 horas.
Desde aquí, la invitación para que los fans de Robin Wood acompañen al legendario creador de Nippur, Dago, Savarese, Pepe Sánchez y tantos otros clásicos, en esta nueva aventura de vital importancia para la historieta latinoamericana.
Los esperamos!

martes, 9 de marzo de 2010

POSTALES

del ascenso, la gloria y el ocaso del Club
Por Leonardo Sciagosicci
Cuarta Entrega:
1- Introducción
2- Most Wanted
3- Proveedores Ímprobos
4- Elenco
1.. Para esta cuarta entrega vamos a romper el molde de marcar en cada postal un período. Esta vez cada postal funciona a manera de mini-sección que puede volver a aparecer más adelante si vuelve este formato. La primera hace referencia a personajes nefastos de los que se sospechaba robaban en los locales o que efectivamente fueron descubiertos con las manos en la masa. La segunda sección de hoy, es una contra-cara de la primera; va a presentar a personajes infaustos que hicieron del arte de chorear un trabajo y establecieron algún tipo de relación con el Club por la cual en lugar de “Buscados” se convirtieron en “Dealers”. La última postal visitará algún momento de alguno de los locales para presentar a personajes que serán protagonistas –o no- de futuras postales, pero que quienes frecuentaban los establecimientos recordarán. O no.
2.. El más misterioso –y exitoso- de todos los ladris que entraron a local alguno a afanar es sin dudas aquel que nunca fue capturado, y a quien jamás se le pudo probar ninguno de sus delitos. Este “lauro” es claramente para un joven morocho apodado internamente “el Ninja”. Silencioso pero letal, este “cliente” fue detectado por primera vez en actitudes sospechosas ya desde los primeros días del primigenio local de Montevideo. Siempre enfundado en abrigos grandes, este personajes exploraba el sitio tranquilo, fisgoneaba bateas, a veces algo compraba, pero era sospechoso. Su andar, sus movimientos, su actitud... Hasta que un día, un inocente niño se acerca al mostrador y le dice a Gustavo: “Señor, aquel hombre se metió un libro adentro de la ropa”. Listo. Con mucha diplomacia Gus se acercó al Ninja y le pidió que se abriera el abrigo, que le mostrara el contenido de los bolsillos, pero nada. Si efectivamente se había choreado un libro, este había desaparecido como -paradójicamente- la posibilidad de que fuese un inocente cliente. Gustavo le tuvo que pedir perdón, y de ahí en más los radares estuvieron alertas y todos los ojos atentos a sus movimientos, pero nunca nadie pudo probar que el Ninja robara en los locales. Visitaba el de Santa Fe y el Cabeza se ponía de la gorra porque estaba seguro de que iba a afanar, pero nunca pudo ver qué o cómo hacía desaparecer. En Lavalle, una tarde en que el Ninja había estado revolviendo bateas durante horas con todos los ojos encima, al momento de irse sin comprar nada se cruzó en la puerta con un matrimonio que entraba. En ese instante la alarma se disparó, algo hacía sonar el sistema, pero el matrimonio sorprendido se quedó paralizado tapando la puerta y para cuando Dani salió a perseguir al sospechoso para que volviera, el Ninja ya se había perdido entre la marea de peatones que empujaba por Lavalle. Nuestro astuto ‘amigo’ podría haber robado, pero no olvidemos que ese sistema podía dispararse cuando alguien entraba con un desodorante en la cartera, con un libro comprado en otro local o una placa de metal en el cráneo, por ejemplo. Todos sospechaban de él, de hecho, todos sabían que el Ninja afanaba, pero a pesar de ser siempre el más vigilado de los ‘clientes’ nunca nadie lo pudo agarrar con las manos en la masa. Alguno de ustedes quizá se pregunta “¿Y si de verdad nunca se afanó nada?”, pero también hay gente que se lo pregunta de algunos de nuestros ex presidentes...
3.. Imagínense una especie de Dani the O pero más grandote, bronceado y pasado de frula. Ese era Lucas. Y con él empezó todo. Apareció un día por el Club de Montevideo con cierta mercadería, la ofreció muy barata –demasiado barata- y se fue lo más contento. Siguió apareciendo esporádicamente, cada vez con mercadería más extraña. Primero habían sido revistas de cómics, después muñecos, libros... en un primer momento Gustavo le compraba la merca para el local, pero más adelante, ante las ofertas y la desesperación de Lucas, algunos de los dueños -y hasta los empleados- comenzaron a comprarle piezas de computadoras, CDs de música, lo que pintara. Era más que evidente que el joven pelilargo no pagaba por el material que traía, y por ende, cualquier plata que le dieran para él era negocio. Para el Club también. No se hacían preguntas; se aceptaba el precio –o se regateaba un poco- y se le compraba la oferta. A veces, engolosinado, Lucas aparecía dos veces en el mismo día. Otras pocas, apareció cagado a piñas... riesgos del oficio. Lucas prefería tratar con José Antonio, a quien cualquier cosa barata le venía bien y peleaba menos los precios que Tony o Gustavo. Más adelante, Lucas le habilitaría su cliente a su socio de fechorías –que por ahora nombraremos solamente como “Bishop”. El sistema con él ya fue diferente, más ‘pro’, y hasta relegó a Lucas a un segundo plano. Pero como siempre tenía efectivo, no le faltaba ‘entretenimiento’ y una lluviosa tarde de invierno –según contó después Bishop-, nuestro personaje recorría la ciudad en una moto, apenas un scooter. Pero un colectivero no lo vio, o su cerebro no pudo procesar a tiempo la información y moto y proveedor terminaron destrozados. Tras una corta estancia en un hospital, Lucas pasó al Más Allá. Un oscuro personaje que empezó a leer historietas porque las tenía encima para negociar, se convirtió en un abastecedor y hasta llegó a hacerse querer en el Club. Por supuesto, en otras comiquerías, librerías, disquerías, casas de computación y afines todavía lo deben estar puteando.
4.. Cuando abre el Club de Santa Fe, se conforma un elenco heterogéneo y extraño con Rafa como el ‘dueño supervisor’. A la cabeza arranca como encargado, el primer empleado de esta nueva etapa del Club, quien viniera desde el local negro de la galería, el Cabeza García. Duro de pelar y amargo como Terma sabor cardo, el Cabeza era amigo de Rafa pero no había experimentado en el cómic hasta que no entrara a trabajar para los chicos unos años atrás. Extrañamente, sus gustos se fueron arruinando con el correr de la década del `90, y de Fito Páez y García Márquez, terminó suscripto a Lobo y Preacher. El contacto con el público le era detestable, pero mantenía el local andando y a los empleados en ese equilibrio de contentos pero al borde de ser puteados. Cuando el Cabeza terminaba su turno de la mañana, tomaba cierto control uno de los dueños minoritarios, el Negro Mario. Instaurador de frases como “Tenemos lo nuevo de Manara” para avisar cada vez que entraba una mina que estaba buena (sí, al Club de Santa Fe entraban mujeres!), el Negro –aunque no era del palo del cómic- era todo sonrisa, salía al ruedo a vender hasta lo invendible y exploraba con cuanta historieta en español le recomendaran. Su favorito: el Corto Maltés.
Los empleados iniciales fueron dos: el Kru, a la mañana, y Trapito, por la tarde. El Kru era un demencialmente excéntrico estudiante de Bellas Artes –compañero de Tony-, que detestaba los cómics y apenas muchos años después empezó a darse cuenta de que dentro de las páginas de un cómic se podía encontrar monstruos como Dave McKean, Bill Sienkiewicz y otros artistas del carajo. Su fuerte era armar la vidriera, decorar, pero odiaba a los comiqueros –principalmente a los adolescentes- y atender le significaba un dolor de huevos. Pueden imaginase entrar a la mañana a este local y ver que atendían el Kru y el Cabeza, y es fácil saber con qué idea se iban los comiqueros de ahí. Por la tarde con Mario estaba Trapito. Este clon del espantapájaros de García Ferré era un adolescente cebado con los superhéroes por Dreams, que se fue haciendo amigo como cliente en las primeras épocas de los locales de la galería, trabajó en el Parque para José Antonio y tuvo su oportunidad en el ‘mega-local’. Con Marito, un vendedor nato con poco de cómics y Trapo piloteándola, las tardes en Santa Fe eran al menos muy divertidas hasta para el público. Este era -al menos de lunes a viernes- el elenco inicial del Club de Santa Fe.
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Quien quiera hacernos llegar su postal del Club, no tiene más que escribirnos a leoleetumail@gmail.com y nos contactaremos con ustedes para averiguar más sobre ese momento del Club que ustedes quieren compartir.
No hace falta que esté narrada, cuéntennos a grandes rasgos la anécdota y vía mail intercambiaremos data para armar nuevas postales y figurarán como co-autor, o como personaje dentro de la anécdota o anónimamente, como ustedes prefieran. No hace falta que sea un gran momento o un hecho relevante, simplemente una pequeña circunstancia que hayan vivido en el Club que recuerden –por lo bueno, por lo malo o por lo bizarro- y crean que se pueda compartir a manera de postal. Vamos, esa es la forma de participar en esta entrada del blog. Esperamos su material para nuevas postales.
Leo Sciagosicci
sobre una idea de D. Accorsi

lunes, 22 de febrero de 2010

Este finde hay... Festipulenta!


El mejor festival de rock alternativo vuelve con una nueva edición, con ocho bandas a lo largo de dos noches inolvidables.
Y además de las bandas, un sector de feria, con discos, libros, y por supuesto COMICS, con la Comiqueando y varias publicaciones más a excelentes precios!
No se lo pierdan, que va a estar hiper-pulenta!
Más info en:
BLOG festipulenta.blogspot.com
YOUTUBE youtube.com/cosaspulenta
LASTFM lastfm.es/user/cosaspulenta
FOTOLOG fotolog.com/cosaspulenta
FACEBOOK facebook.com/cosaspulenta

lunes, 15 de febrero de 2010

Este sábado hay... Feria de Comics!


Este sábado 20 de Febrero tenemos Feria de Comics en el Espacio Moebius, Bulnes 658 (a metros de la Avenida Corrientes y la estación Medrano del Subte B).
El horario es de 15:30 en adelante y, como siempre, los esperamos con una increíble selección de revistas, TPBs y hardcovers a precios MUY por debajo de lo que se paga en comiquerías.
Además, el Espacio Moebius ofrece una muestra de los mejores trabajos del ilustrador argentino Rodolfo Migliari, portadista de Green Lantern y Blackest Night.
La Feria no se suspende por NADA. Por supuesto, la entrada es libre y gratuita.
Gracias por difundirlo entre tus contactos comiqueros!

domingo, 14 de febrero de 2010

Postales

Postales
del ascenso, la gloria y el ocaso del Club

Por Leonardo Sciagosicci
Tercera Entrega:
1- Shotaro Primero
2- ¿Llegaron las yanquis?
3- Algunas hipótesis de la caída

1.. Y al principio fue Shotaro.

La primera persona que trabajó para el Club fue conocida como Shotaro. El funcionamiento del local en Valentín Gómez permitió –y necesitó- una persona extra que acompañara a los turnos rotativos de los cuatro fundadores. De entre las caras amigas que pululaban los puestos del Parque, Toni y José Antonio ya habían utilizado algunos domingos, los servicios de un confiable y atento joven que había sido rebautizado Shotaro. En su incesante distribución de apodos perdurables, El Momia –otro asiduo colaborador de los puestos del Parque- había descubierto que el joven llamado por sus padres Adrián, era igualito a un artista japonés que firmaba Shotaro Ishimori. Y la comparación, de hecho, lo que perdía en exactitud lo ganaba en gracia. El apodo “Shotaro” pegó y quedó. Durante varios años, muchas personas conocerían a Shotaro solamente por ese nombre.
Ahora volvemos al primer local propio del Club y encontramos a Shotaro atendiendo, ordenando, comprando las facturas y la coca. Nada para poner en un curriculum pero suficiente para entretenerse y llevarse unos pocos pesos a fin de mes en algo parecido a un trabajo, rodeado de amigos y cómics. Cuando el Club se mudó a la oficina de Callao, Shotaro pasó como empleado, con más horas y estrechó vínculos con muchos clientes-socios. El nuevo foco en la venta de material lo llevó a manejar más plata del local y el Diablo metió la cola. Poco a poco Shotaro comenzó a realizar tres cosas que en cierta medida llevarían al Club a su primera muerte, aunque no sean las únicas causas (ni en este orden): - chorear; lisa y llanamente meterse guita del local al bolsillo, seguramente en un principio de a muy poco y luego, engolosinado por lo fácil y lo imposible de ser descubierto, cantidades más importantes – armarse una cartera de clientes paralela; es decir, alejar a clientes del Club para venderle merca él, material que a veces conseguía barato en el local (sería naive pensar que nunca afanó una revista para hacer guita), o que adquiría por la suya a espaldas de sus jefes – y conspirar con otros personajes del círculo “de amigos” del Club para armar un negocio de venta paralela, con el know-how del local, los contactos tanto de proveedores como de compradores, que se vería plasmado en Dreams, la traición hecha comiquería. Ahí es cuando Shotaro se da vuelta, muestra su verdadera cara y quedan al descubierto estas artimañas. La oficina de Callao cierra y el primer empleado del Club se convierte en uno de los dueños de lo que será la competencia. Algún día hablaremos de la pesadilla de Dreams, basta agregar que no duró mucho, que los traidores se traicionaron y Shotaro volvió a un puesto del Parque con muchos menos amigos, menos confiable, menos atento y menos joven.

2.. De los muchos rituales que giraron en torno al trabajo en el Club, el más esperado y gratificante era sin duda la preparación de la suscripción de americanas. Cliente de la distribuidora estadounidense Diamond Comic desde los tiempos del ‘local de pesca’ -¿nunca lo mencionamos hasta ahora? bueno, ya lo visitaremos más adelante para los que no lo conocieron o no se acuerdan,- la llegada de “las yanquis” era un evento con una supuesta periodicidad pero con muchos factores de retraso, que convertían cada entrega en una especie de fiesta religiosa. Cuando los vuelos, las aduanas, los despachantes, los repartidores o los pagos parecían extender por siempre la espera, un extremadamente largo camión cargado de cajas se estacionaba sobre Montevideo (o la vuelta de Corrientes, más adelante) y una vez más comenzaba el ritual. Cualquiera fuese el local que recibía, lo primero era llevar las cajas al fondo y chequear que estuvieran todas las que decía el remito. En un principio eran pocas cajas de cómics... para el momento del apogeo, eran docenas y docenas de cajas de los más variados tamaños y contenidos.
Las cajas se apilaban cerca de una gran mesa, en las áreas no accesibles al público y poco a poco se abrían todas, prioritariamente las que evidentemente contenían revistas. Los innumerables títulos se iban acomodando sobre la mesa tratando de mantener los cómics de las mismas compañías- y familias- lo más cerca posible, apenas encimados unos sobre otros. Carpeta de suscripción en mano, decenas de bolsas se irían llenando con el material que los clientes habían reservado, mientras las cantidades de la mesa bajaban (previa separación del material para los dueños que –con algunas excepciones- se quedaban con una copia de cada cosa que había sobre la mesa... y a veces hasta con una copia de cada cosa de cada caja). Solía pasar ocasionalmente que faltara algún ejemplar para un suscriptor tardío, o que no alcanzaran para poner a la venta en las bateas, pero por lo general, el sistema funcionaba, los pedidos estaban hechos con criterio y las sobras de la suscripción se embolsaba y se ponía a la venta en las horas siguientes al proceso- casi siempre al día siguiente.
En orden alfabético desfilaban los apellidos de los clientes, desde el ratón que pedía un cómic hot hasta el suscriptor-amigo que tenía más de una carilla del cuaderno lleno de títulos con familias completas que paseaba por todas las compañías; del exquisito que se hacía traer la más extraña revista de ignotos autores independientes al verdulero que compraba casi a ciegas todas las revistas donde aparecía Spider-Man, por ejemplo. Santa Fe mandaba su propia lista y se le llenaba cajas para que luego repitiesen el proceso en su local para sus respectivos clientes. Además había locales chicos como suscriptores, de fuera de Capital, para los que se llenaban cajas y cajas de cómics que luego se despachaban por correo, mientras las bolsas se juntaban en las mismas cajas de Diamond donde habían venido las revistas para esperar a sus nuevos dueños bajo el mostrador de adelante. A veces un cliente ya sabía que habían llegado las americanas y hacía tiempo en el Club a la espera de su suscripción, y ni bien se llenaba su bolsa, ya podía pasar feliz por caja y llevarse los títulos que tanto ansiaba.
Coca y facturas (a veces pizza cuando se hacía la hora de cenar) mantenían funcionando entre bromas, comentarios nerds y cebamiento a los empleados y amigos que se volcaban al ritual tan periódicamente como era posible. La carpeta de suscriptores –herramienta fundamental para el proceso- fue engordando con el correr de las entregas, hasta que las promesas de “la semana que viene” se convirtieron en un mantra inverosímil y finalmente el material dejó de llegar. A nadie le debe haber dolido más que a Diamond, pero para el espíritu del Club, la pérdida del ritual de la llegada de las yanquis fue una clara señal de que algo estaba muerto. Y apestaba.

3.. Multiple Choice
¿Por qué se destruyó el Club? Mucha gente se pregunta eso y mucha gente cree tener la respuesta. Pero, como casi siempre, la respuesta no es una sola. Veamos algunas posibilidades que se han barajado, pero en un orden que no implica relevancia, ni veracidad, ni proporción de injerencia en la debacle,.
a) Mala suerte. Evidentemente, después de cinco años de vivir de un local que vende historietas y afines, si todo se viene abajo, la culpa la debe tener la mala suerte. Si de un puesto del Parque, unos jóvenes sin billeteras de padres bancándolos atrás lograron tener tres mega-locales y una distribuidora -que según el propio José Antonio tuvieron años de un millón de dólares de facturación,- es claro que la mala suerte los ha perseguido y que la injusticia se ensañó con ellos.
b) La situación económica general del país. En un país como Argentina, la economía siempre fue un factor volátil e imprevisible, pero Cavallo mediante, pudimos ‘disfrutar’ de una estabilidad en la paridad cambiaria de casi 10 años (período donde el Club creció hasta la cima y cuyo final no coincide con el desmoronamiento de la SRL). La situación económica que los favoreció para saltar del puesto del Parque (o la pieza de Valentín Gómez) a imponer la marca y la forma de vender todo lo relacionado con cómics en Argentina todavía estaba vigente cuando las grietas financieras del Club se hicieron evidentes. ¿Pueden los años de bonanza minar las bases de un negocio así? ¿Puede ser que un dólar estable arruinara a un negocio de importación? ¿Pudo pasar que la gente presintiese la debacle y dejara de comprar? Difíciles respuestas.
c) Una errónea política de selección de empleados. Para cuando empezaron los grandes temblores, el Club contaba con más de 25 empleados entre los locales y la distribuidora. La gran mayoría de ellos eran parte del círculo de “amigos-o-empleados-de-otro-lado” desde hacía años o venían del área “clientes-ascendidos-a-amigos”. Por supuesto nunca existió una política de entrenamiento, pero puede que la comiquería sea uno de esos pocos negocios donde esto no sea necesario. El criterio “lo conocemos, es confiable, no nos va a chorear” fue el más utilizado para tomar personal, sublimado por un “es amigo / pariente me va a informar todo lo que pasa aunque yo no esté”. ¿Puede ser un exceso de confianza o de delegar demasiado, la causa de que algunos empleados minaran las bases económicas de los locales? ¿Puede una mala atención por parte de empleados que sólo parecen activos cuando pasa el dueño a saludar, motivo del deterioro de un negocio de estas características? ¿Qué ingerencia en el alejamiento del público puede tener una elección de empleados que no tiene en cuenta el material que se vende? ¿Y si uno confía demasiado en esos amigos / parientes y traicionan esa confianza? ¿Alcanza eso para que se sacuda la estructura? Preguntas y más preguntas.
d) Una errónea política de compra de material. ¿Se compró demasiado de algo que no se pudo vender? ¿Se trató de vender muy caro y por ende la circulación de plata dejó de fluir? ¿Se decidió erróneamente no comprarle manga la distribuidora ‘rival’ a la espera de las posibles entregas de material similar desde España? ¿Se compraba más de los que se vendía? ¿Los pedidos de americanas llenaban bateas y cajas y estantes de la distribuidora pero no era lo que el público quería comprar? ¿Pasó algo de esto? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué? Llegamos al punto donde todo son preguntas y ninguna respuesta es suficiente.
e) Un descuido de las bases. Es comprensible que el dueño de una exitosa empresa no se ponga a trabajar en su fábrica, pero si el conocimiento de los dueños fue clave para el crecimiento de la empresa, ¿su falta no será clave para la caída? ¿Hubo una desconexión entre los fundadores y los mostradores? Esto se relaciona quizá con una posible política errónea a la hora de comprar material y con el exceso de “libertad” de algunos empleados; ante la poca presencia de los que realmente conocen el mercado y sin ‘el ojo del amo que engorde el ganado’, las bases se pudieron debilitar. El crecimiento –y la dependencia- de la distribuidora, ¿perjudicó a los locales? ¿Qué generó el hecho de ser distribuidor de la competencia y organizador del mega-evento del mercado? ¿Perdieron los dueños del Club una visión realista de la situación en detrimento de las bases del negocio? ¿Se podría haber evitado lo sucedido? Ajá, ahora ya estamos en terreno de los Elseworlds y los What If, donde las respuestas están fuera de continuidad.
f) Todas las anteriores. (O ninguna)

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Quien quiera hacernos llegar su postal del Club, no tiene más que escribirnos a leoleetumail@gmail.com y nos contactaremos con ustedes para averiguar más sobre ese momento del Club que ustedes quieren compartir.
No hace falta que esté narrada, cuéntennos a grandes rasgos la anécdota y vía mail intercambiaremos data para armar nuevas postales y figurarán como co-autor, o como personaje dentro de la anécdota o anónimamente, como ustedes prefieran. No hace falta que sea un gran momento o un hecho relevante, simplemente una pequeña circunstancia que hayan vivido en el Club que recuerden –por lo bueno, por lo malo o por lo bizarro- y crean que se pueda compartir a manera de postal. Vamos, esa es la forma de participar en esta entrada del blog. Esperamos su material para nuevas postales.
Leo Sciagosicci
sobre una idea de D. Accorsi