martes, 9 de marzo de 2010

POSTALES

del ascenso, la gloria y el ocaso del Club
Por Leonardo Sciagosicci
Cuarta Entrega:
1- Introducción
2- Most Wanted
3- Proveedores Ímprobos
4- Elenco
1.. Para esta cuarta entrega vamos a romper el molde de marcar en cada postal un período. Esta vez cada postal funciona a manera de mini-sección que puede volver a aparecer más adelante si vuelve este formato. La primera hace referencia a personajes nefastos de los que se sospechaba robaban en los locales o que efectivamente fueron descubiertos con las manos en la masa. La segunda sección de hoy, es una contra-cara de la primera; va a presentar a personajes infaustos que hicieron del arte de chorear un trabajo y establecieron algún tipo de relación con el Club por la cual en lugar de “Buscados” se convirtieron en “Dealers”. La última postal visitará algún momento de alguno de los locales para presentar a personajes que serán protagonistas –o no- de futuras postales, pero que quienes frecuentaban los establecimientos recordarán. O no.
2.. El más misterioso –y exitoso- de todos los ladris que entraron a local alguno a afanar es sin dudas aquel que nunca fue capturado, y a quien jamás se le pudo probar ninguno de sus delitos. Este “lauro” es claramente para un joven morocho apodado internamente “el Ninja”. Silencioso pero letal, este “cliente” fue detectado por primera vez en actitudes sospechosas ya desde los primeros días del primigenio local de Montevideo. Siempre enfundado en abrigos grandes, este personajes exploraba el sitio tranquilo, fisgoneaba bateas, a veces algo compraba, pero era sospechoso. Su andar, sus movimientos, su actitud... Hasta que un día, un inocente niño se acerca al mostrador y le dice a Gustavo: “Señor, aquel hombre se metió un libro adentro de la ropa”. Listo. Con mucha diplomacia Gus se acercó al Ninja y le pidió que se abriera el abrigo, que le mostrara el contenido de los bolsillos, pero nada. Si efectivamente se había choreado un libro, este había desaparecido como -paradójicamente- la posibilidad de que fuese un inocente cliente. Gustavo le tuvo que pedir perdón, y de ahí en más los radares estuvieron alertas y todos los ojos atentos a sus movimientos, pero nunca nadie pudo probar que el Ninja robara en los locales. Visitaba el de Santa Fe y el Cabeza se ponía de la gorra porque estaba seguro de que iba a afanar, pero nunca pudo ver qué o cómo hacía desaparecer. En Lavalle, una tarde en que el Ninja había estado revolviendo bateas durante horas con todos los ojos encima, al momento de irse sin comprar nada se cruzó en la puerta con un matrimonio que entraba. En ese instante la alarma se disparó, algo hacía sonar el sistema, pero el matrimonio sorprendido se quedó paralizado tapando la puerta y para cuando Dani salió a perseguir al sospechoso para que volviera, el Ninja ya se había perdido entre la marea de peatones que empujaba por Lavalle. Nuestro astuto ‘amigo’ podría haber robado, pero no olvidemos que ese sistema podía dispararse cuando alguien entraba con un desodorante en la cartera, con un libro comprado en otro local o una placa de metal en el cráneo, por ejemplo. Todos sospechaban de él, de hecho, todos sabían que el Ninja afanaba, pero a pesar de ser siempre el más vigilado de los ‘clientes’ nunca nadie lo pudo agarrar con las manos en la masa. Alguno de ustedes quizá se pregunta “¿Y si de verdad nunca se afanó nada?”, pero también hay gente que se lo pregunta de algunos de nuestros ex presidentes...
3.. Imagínense una especie de Dani the O pero más grandote, bronceado y pasado de frula. Ese era Lucas. Y con él empezó todo. Apareció un día por el Club de Montevideo con cierta mercadería, la ofreció muy barata –demasiado barata- y se fue lo más contento. Siguió apareciendo esporádicamente, cada vez con mercadería más extraña. Primero habían sido revistas de cómics, después muñecos, libros... en un primer momento Gustavo le compraba la merca para el local, pero más adelante, ante las ofertas y la desesperación de Lucas, algunos de los dueños -y hasta los empleados- comenzaron a comprarle piezas de computadoras, CDs de música, lo que pintara. Era más que evidente que el joven pelilargo no pagaba por el material que traía, y por ende, cualquier plata que le dieran para él era negocio. Para el Club también. No se hacían preguntas; se aceptaba el precio –o se regateaba un poco- y se le compraba la oferta. A veces, engolosinado, Lucas aparecía dos veces en el mismo día. Otras pocas, apareció cagado a piñas... riesgos del oficio. Lucas prefería tratar con José Antonio, a quien cualquier cosa barata le venía bien y peleaba menos los precios que Tony o Gustavo. Más adelante, Lucas le habilitaría su cliente a su socio de fechorías –que por ahora nombraremos solamente como “Bishop”. El sistema con él ya fue diferente, más ‘pro’, y hasta relegó a Lucas a un segundo plano. Pero como siempre tenía efectivo, no le faltaba ‘entretenimiento’ y una lluviosa tarde de invierno –según contó después Bishop-, nuestro personaje recorría la ciudad en una moto, apenas un scooter. Pero un colectivero no lo vio, o su cerebro no pudo procesar a tiempo la información y moto y proveedor terminaron destrozados. Tras una corta estancia en un hospital, Lucas pasó al Más Allá. Un oscuro personaje que empezó a leer historietas porque las tenía encima para negociar, se convirtió en un abastecedor y hasta llegó a hacerse querer en el Club. Por supuesto, en otras comiquerías, librerías, disquerías, casas de computación y afines todavía lo deben estar puteando.
4.. Cuando abre el Club de Santa Fe, se conforma un elenco heterogéneo y extraño con Rafa como el ‘dueño supervisor’. A la cabeza arranca como encargado, el primer empleado de esta nueva etapa del Club, quien viniera desde el local negro de la galería, el Cabeza García. Duro de pelar y amargo como Terma sabor cardo, el Cabeza era amigo de Rafa pero no había experimentado en el cómic hasta que no entrara a trabajar para los chicos unos años atrás. Extrañamente, sus gustos se fueron arruinando con el correr de la década del `90, y de Fito Páez y García Márquez, terminó suscripto a Lobo y Preacher. El contacto con el público le era detestable, pero mantenía el local andando y a los empleados en ese equilibrio de contentos pero al borde de ser puteados. Cuando el Cabeza terminaba su turno de la mañana, tomaba cierto control uno de los dueños minoritarios, el Negro Mario. Instaurador de frases como “Tenemos lo nuevo de Manara” para avisar cada vez que entraba una mina que estaba buena (sí, al Club de Santa Fe entraban mujeres!), el Negro –aunque no era del palo del cómic- era todo sonrisa, salía al ruedo a vender hasta lo invendible y exploraba con cuanta historieta en español le recomendaran. Su favorito: el Corto Maltés.
Los empleados iniciales fueron dos: el Kru, a la mañana, y Trapito, por la tarde. El Kru era un demencialmente excéntrico estudiante de Bellas Artes –compañero de Tony-, que detestaba los cómics y apenas muchos años después empezó a darse cuenta de que dentro de las páginas de un cómic se podía encontrar monstruos como Dave McKean, Bill Sienkiewicz y otros artistas del carajo. Su fuerte era armar la vidriera, decorar, pero odiaba a los comiqueros –principalmente a los adolescentes- y atender le significaba un dolor de huevos. Pueden imaginase entrar a la mañana a este local y ver que atendían el Kru y el Cabeza, y es fácil saber con qué idea se iban los comiqueros de ahí. Por la tarde con Mario estaba Trapito. Este clon del espantapájaros de García Ferré era un adolescente cebado con los superhéroes por Dreams, que se fue haciendo amigo como cliente en las primeras épocas de los locales de la galería, trabajó en el Parque para José Antonio y tuvo su oportunidad en el ‘mega-local’. Con Marito, un vendedor nato con poco de cómics y Trapo piloteándola, las tardes en Santa Fe eran al menos muy divertidas hasta para el público. Este era -al menos de lunes a viernes- el elenco inicial del Club de Santa Fe.
***
Quien quiera hacernos llegar su postal del Club, no tiene más que escribirnos a leoleetumail@gmail.com y nos contactaremos con ustedes para averiguar más sobre ese momento del Club que ustedes quieren compartir.
No hace falta que esté narrada, cuéntennos a grandes rasgos la anécdota y vía mail intercambiaremos data para armar nuevas postales y figurarán como co-autor, o como personaje dentro de la anécdota o anónimamente, como ustedes prefieran. No hace falta que sea un gran momento o un hecho relevante, simplemente una pequeña circunstancia que hayan vivido en el Club que recuerden –por lo bueno, por lo malo o por lo bizarro- y crean que se pueda compartir a manera de postal. Vamos, esa es la forma de participar en esta entrada del blog. Esperamos su material para nuevas postales.
Leo Sciagosicci
sobre una idea de D. Accorsi

lunes, 22 de febrero de 2010

Este finde hay... Festipulenta!


El mejor festival de rock alternativo vuelve con una nueva edición, con ocho bandas a lo largo de dos noches inolvidables.
Y además de las bandas, un sector de feria, con discos, libros, y por supuesto COMICS, con la Comiqueando y varias publicaciones más a excelentes precios!
No se lo pierdan, que va a estar hiper-pulenta!
Más info en:
BLOG festipulenta.blogspot.com
YOUTUBE youtube.com/cosaspulenta
LASTFM lastfm.es/user/cosaspulenta
FOTOLOG fotolog.com/cosaspulenta
FACEBOOK facebook.com/cosaspulenta

lunes, 15 de febrero de 2010

Este sábado hay... Feria de Comics!


Este sábado 20 de Febrero tenemos Feria de Comics en el Espacio Moebius, Bulnes 658 (a metros de la Avenida Corrientes y la estación Medrano del Subte B).
El horario es de 15:30 en adelante y, como siempre, los esperamos con una increíble selección de revistas, TPBs y hardcovers a precios MUY por debajo de lo que se paga en comiquerías.
Además, el Espacio Moebius ofrece una muestra de los mejores trabajos del ilustrador argentino Rodolfo Migliari, portadista de Green Lantern y Blackest Night.
La Feria no se suspende por NADA. Por supuesto, la entrada es libre y gratuita.
Gracias por difundirlo entre tus contactos comiqueros!

domingo, 14 de febrero de 2010

Postales

Postales
del ascenso, la gloria y el ocaso del Club

Por Leonardo Sciagosicci
Tercera Entrega:
1- Shotaro Primero
2- ¿Llegaron las yanquis?
3- Algunas hipótesis de la caída

1.. Y al principio fue Shotaro.

La primera persona que trabajó para el Club fue conocida como Shotaro. El funcionamiento del local en Valentín Gómez permitió –y necesitó- una persona extra que acompañara a los turnos rotativos de los cuatro fundadores. De entre las caras amigas que pululaban los puestos del Parque, Toni y José Antonio ya habían utilizado algunos domingos, los servicios de un confiable y atento joven que había sido rebautizado Shotaro. En su incesante distribución de apodos perdurables, El Momia –otro asiduo colaborador de los puestos del Parque- había descubierto que el joven llamado por sus padres Adrián, era igualito a un artista japonés que firmaba Shotaro Ishimori. Y la comparación, de hecho, lo que perdía en exactitud lo ganaba en gracia. El apodo “Shotaro” pegó y quedó. Durante varios años, muchas personas conocerían a Shotaro solamente por ese nombre.
Ahora volvemos al primer local propio del Club y encontramos a Shotaro atendiendo, ordenando, comprando las facturas y la coca. Nada para poner en un curriculum pero suficiente para entretenerse y llevarse unos pocos pesos a fin de mes en algo parecido a un trabajo, rodeado de amigos y cómics. Cuando el Club se mudó a la oficina de Callao, Shotaro pasó como empleado, con más horas y estrechó vínculos con muchos clientes-socios. El nuevo foco en la venta de material lo llevó a manejar más plata del local y el Diablo metió la cola. Poco a poco Shotaro comenzó a realizar tres cosas que en cierta medida llevarían al Club a su primera muerte, aunque no sean las únicas causas (ni en este orden): - chorear; lisa y llanamente meterse guita del local al bolsillo, seguramente en un principio de a muy poco y luego, engolosinado por lo fácil y lo imposible de ser descubierto, cantidades más importantes – armarse una cartera de clientes paralela; es decir, alejar a clientes del Club para venderle merca él, material que a veces conseguía barato en el local (sería naive pensar que nunca afanó una revista para hacer guita), o que adquiría por la suya a espaldas de sus jefes – y conspirar con otros personajes del círculo “de amigos” del Club para armar un negocio de venta paralela, con el know-how del local, los contactos tanto de proveedores como de compradores, que se vería plasmado en Dreams, la traición hecha comiquería. Ahí es cuando Shotaro se da vuelta, muestra su verdadera cara y quedan al descubierto estas artimañas. La oficina de Callao cierra y el primer empleado del Club se convierte en uno de los dueños de lo que será la competencia. Algún día hablaremos de la pesadilla de Dreams, basta agregar que no duró mucho, que los traidores se traicionaron y Shotaro volvió a un puesto del Parque con muchos menos amigos, menos confiable, menos atento y menos joven.

2.. De los muchos rituales que giraron en torno al trabajo en el Club, el más esperado y gratificante era sin duda la preparación de la suscripción de americanas. Cliente de la distribuidora estadounidense Diamond Comic desde los tiempos del ‘local de pesca’ -¿nunca lo mencionamos hasta ahora? bueno, ya lo visitaremos más adelante para los que no lo conocieron o no se acuerdan,- la llegada de “las yanquis” era un evento con una supuesta periodicidad pero con muchos factores de retraso, que convertían cada entrega en una especie de fiesta religiosa. Cuando los vuelos, las aduanas, los despachantes, los repartidores o los pagos parecían extender por siempre la espera, un extremadamente largo camión cargado de cajas se estacionaba sobre Montevideo (o la vuelta de Corrientes, más adelante) y una vez más comenzaba el ritual. Cualquiera fuese el local que recibía, lo primero era llevar las cajas al fondo y chequear que estuvieran todas las que decía el remito. En un principio eran pocas cajas de cómics... para el momento del apogeo, eran docenas y docenas de cajas de los más variados tamaños y contenidos.
Las cajas se apilaban cerca de una gran mesa, en las áreas no accesibles al público y poco a poco se abrían todas, prioritariamente las que evidentemente contenían revistas. Los innumerables títulos se iban acomodando sobre la mesa tratando de mantener los cómics de las mismas compañías- y familias- lo más cerca posible, apenas encimados unos sobre otros. Carpeta de suscripción en mano, decenas de bolsas se irían llenando con el material que los clientes habían reservado, mientras las cantidades de la mesa bajaban (previa separación del material para los dueños que –con algunas excepciones- se quedaban con una copia de cada cosa que había sobre la mesa... y a veces hasta con una copia de cada cosa de cada caja). Solía pasar ocasionalmente que faltara algún ejemplar para un suscriptor tardío, o que no alcanzaran para poner a la venta en las bateas, pero por lo general, el sistema funcionaba, los pedidos estaban hechos con criterio y las sobras de la suscripción se embolsaba y se ponía a la venta en las horas siguientes al proceso- casi siempre al día siguiente.
En orden alfabético desfilaban los apellidos de los clientes, desde el ratón que pedía un cómic hot hasta el suscriptor-amigo que tenía más de una carilla del cuaderno lleno de títulos con familias completas que paseaba por todas las compañías; del exquisito que se hacía traer la más extraña revista de ignotos autores independientes al verdulero que compraba casi a ciegas todas las revistas donde aparecía Spider-Man, por ejemplo. Santa Fe mandaba su propia lista y se le llenaba cajas para que luego repitiesen el proceso en su local para sus respectivos clientes. Además había locales chicos como suscriptores, de fuera de Capital, para los que se llenaban cajas y cajas de cómics que luego se despachaban por correo, mientras las bolsas se juntaban en las mismas cajas de Diamond donde habían venido las revistas para esperar a sus nuevos dueños bajo el mostrador de adelante. A veces un cliente ya sabía que habían llegado las americanas y hacía tiempo en el Club a la espera de su suscripción, y ni bien se llenaba su bolsa, ya podía pasar feliz por caja y llevarse los títulos que tanto ansiaba.
Coca y facturas (a veces pizza cuando se hacía la hora de cenar) mantenían funcionando entre bromas, comentarios nerds y cebamiento a los empleados y amigos que se volcaban al ritual tan periódicamente como era posible. La carpeta de suscriptores –herramienta fundamental para el proceso- fue engordando con el correr de las entregas, hasta que las promesas de “la semana que viene” se convirtieron en un mantra inverosímil y finalmente el material dejó de llegar. A nadie le debe haber dolido más que a Diamond, pero para el espíritu del Club, la pérdida del ritual de la llegada de las yanquis fue una clara señal de que algo estaba muerto. Y apestaba.

3.. Multiple Choice
¿Por qué se destruyó el Club? Mucha gente se pregunta eso y mucha gente cree tener la respuesta. Pero, como casi siempre, la respuesta no es una sola. Veamos algunas posibilidades que se han barajado, pero en un orden que no implica relevancia, ni veracidad, ni proporción de injerencia en la debacle,.
a) Mala suerte. Evidentemente, después de cinco años de vivir de un local que vende historietas y afines, si todo se viene abajo, la culpa la debe tener la mala suerte. Si de un puesto del Parque, unos jóvenes sin billeteras de padres bancándolos atrás lograron tener tres mega-locales y una distribuidora -que según el propio José Antonio tuvieron años de un millón de dólares de facturación,- es claro que la mala suerte los ha perseguido y que la injusticia se ensañó con ellos.
b) La situación económica general del país. En un país como Argentina, la economía siempre fue un factor volátil e imprevisible, pero Cavallo mediante, pudimos ‘disfrutar’ de una estabilidad en la paridad cambiaria de casi 10 años (período donde el Club creció hasta la cima y cuyo final no coincide con el desmoronamiento de la SRL). La situación económica que los favoreció para saltar del puesto del Parque (o la pieza de Valentín Gómez) a imponer la marca y la forma de vender todo lo relacionado con cómics en Argentina todavía estaba vigente cuando las grietas financieras del Club se hicieron evidentes. ¿Pueden los años de bonanza minar las bases de un negocio así? ¿Puede ser que un dólar estable arruinara a un negocio de importación? ¿Pudo pasar que la gente presintiese la debacle y dejara de comprar? Difíciles respuestas.
c) Una errónea política de selección de empleados. Para cuando empezaron los grandes temblores, el Club contaba con más de 25 empleados entre los locales y la distribuidora. La gran mayoría de ellos eran parte del círculo de “amigos-o-empleados-de-otro-lado” desde hacía años o venían del área “clientes-ascendidos-a-amigos”. Por supuesto nunca existió una política de entrenamiento, pero puede que la comiquería sea uno de esos pocos negocios donde esto no sea necesario. El criterio “lo conocemos, es confiable, no nos va a chorear” fue el más utilizado para tomar personal, sublimado por un “es amigo / pariente me va a informar todo lo que pasa aunque yo no esté”. ¿Puede ser un exceso de confianza o de delegar demasiado, la causa de que algunos empleados minaran las bases económicas de los locales? ¿Puede una mala atención por parte de empleados que sólo parecen activos cuando pasa el dueño a saludar, motivo del deterioro de un negocio de estas características? ¿Qué ingerencia en el alejamiento del público puede tener una elección de empleados que no tiene en cuenta el material que se vende? ¿Y si uno confía demasiado en esos amigos / parientes y traicionan esa confianza? ¿Alcanza eso para que se sacuda la estructura? Preguntas y más preguntas.
d) Una errónea política de compra de material. ¿Se compró demasiado de algo que no se pudo vender? ¿Se trató de vender muy caro y por ende la circulación de plata dejó de fluir? ¿Se decidió erróneamente no comprarle manga la distribuidora ‘rival’ a la espera de las posibles entregas de material similar desde España? ¿Se compraba más de los que se vendía? ¿Los pedidos de americanas llenaban bateas y cajas y estantes de la distribuidora pero no era lo que el público quería comprar? ¿Pasó algo de esto? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué? Llegamos al punto donde todo son preguntas y ninguna respuesta es suficiente.
e) Un descuido de las bases. Es comprensible que el dueño de una exitosa empresa no se ponga a trabajar en su fábrica, pero si el conocimiento de los dueños fue clave para el crecimiento de la empresa, ¿su falta no será clave para la caída? ¿Hubo una desconexión entre los fundadores y los mostradores? Esto se relaciona quizá con una posible política errónea a la hora de comprar material y con el exceso de “libertad” de algunos empleados; ante la poca presencia de los que realmente conocen el mercado y sin ‘el ojo del amo que engorde el ganado’, las bases se pudieron debilitar. El crecimiento –y la dependencia- de la distribuidora, ¿perjudicó a los locales? ¿Qué generó el hecho de ser distribuidor de la competencia y organizador del mega-evento del mercado? ¿Perdieron los dueños del Club una visión realista de la situación en detrimento de las bases del negocio? ¿Se podría haber evitado lo sucedido? Ajá, ahora ya estamos en terreno de los Elseworlds y los What If, donde las respuestas están fuera de continuidad.
f) Todas las anteriores. (O ninguna)

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Quien quiera hacernos llegar su postal del Club, no tiene más que escribirnos a leoleetumail@gmail.com y nos contactaremos con ustedes para averiguar más sobre ese momento del Club que ustedes quieren compartir.
No hace falta que esté narrada, cuéntennos a grandes rasgos la anécdota y vía mail intercambiaremos data para armar nuevas postales y figurarán como co-autor, o como personaje dentro de la anécdota o anónimamente, como ustedes prefieran. No hace falta que sea un gran momento o un hecho relevante, simplemente una pequeña circunstancia que hayan vivido en el Club que recuerden –por lo bueno, por lo malo o por lo bizarro- y crean que se pueda compartir a manera de postal. Vamos, esa es la forma de participar en esta entrada del blog. Esperamos su material para nuevas postales.
Leo Sciagosicci
sobre una idea de D. Accorsi

domingo, 17 de enero de 2010

Se viene una nueva Komikku!


Ya está casi lista para entrar a imprenta la Komikku de Enero.
Podés chequear los contenidos, a modo de anticipo, en http://revistakomikku.blogspot.com/
Y te dejamos la portada, para que te vayas cebando.
Va a estar antes de fin de mes en kioscos y comiquerías!

POSTALES

Postales
del ascenso, la gloria y el ocaso del Club


Por Leonardo Sciagosicci
Segunda Entrega:
1- Introducción
2- Geografía del terror
3- Cerca de la masacre
4- Tu parte de entre la mierda

1.. Una pregunta que nos han hecho lectores interesados en participar, es “¿cómo se fracciona la historia?, ¿cómo sé a qué período corresponde mi anécdota?”. La respuesta no es fácil, pero tampoco fundamental a la hora de enviar las puntas de una postal. De todas formas, abordemos un trabajo más minucioso, antropológico, casi arqueológico y busquemos los puntos de inflexión que dividen las etapas de crecimiento, cima y hundimiento de esta verdadera vaca de los huevos de oro. Y sí, digo vaca, porque de una gallina algún demente o alguien muy fantasioso podría esperar un huevo de oro. En el caso de una comiquería, su éxito ya necesitó romper todas las leyes de la Naturaleza y la lógica.
La fase inicial comienza cuando cuatro jóvenes que se van haciendo amigos en el Parque Rivadavia se unen para alquilar su material en una biblioteca de historietas, mancomunados por ideas como leer más cómics, comprar más cómics, sacar provecho de la cantidad descomunal de cómics que cada uno poseía –para aquel entonces no hacía falta mucho para impresionar, estamos apenas en la segunda mitad de la década del ’80- y porqué no, brindar una función social a otros amantes de la historieta como ellos. El camino es duro, pero podemos marcar como final de este ascenso ímprobo y riesgoso el momento en que abre una mega-sucursal sobre la avenida Santa Fe (fines del ’95). Ahí está. Ya no es un local que vende cómics. Ya es una cadena exitosa que impuso su marca, con una facturación envidiable y toneladas de clientes del palo, a los que se sumarán en la nueva etapa los transeúntes externos del circuito que descubren una vidriera novedosa en un punto caliente del comercio porteño.
Ahora bien, ¿dónde cabe señalar el fin de esta etapa de auge y bonanza? ¿Cómo saber exactamente cuándo comienza la cuesta abajo si las causas venían subyacentes durante mucho tiempo, y sus efectos pudieron ser tapados durante tanto otro? Podemos teorizar que el año 2000 fue la bisagra hacia el abismo, cuando ya era evidente que el modelo de triple mega-local con distribuidora propia y decenas de empleados, “retiro de la caja, anotá por ahí” dejó de ser sustentable. Quizás el Fantabaires de diciembre de ese año (el de Lou Ferrigno, ¿se acuerdan?) puede ser un momento más preciso, donde comenzó a notarse que la brillante corona del Rey José Antonio estaba mal remendada y se descascaraba y los acreedores exigían cumpliera con los pagos. La situación del país también pone proa a la proverbial Lona y todo el mercado del cómic será arrastrado a las profundidades en unos meses. Pero en esto también el Club fue pionero.
La tercera –la más corta y triste etapa- abarcaría desde ese fatídico y presagioso Fantabaires hasta las mudanzas –casi simultáneas- de los locales de Corrientes y Santa Fe a calles secundarias, con el cambio de razón social y la desaparición del Club como una SRL unificada, mes más o mes menos, coincidente con la disparada cambiaria y el desmoronamiento de principios 2002.
Estas aproximaciones están para ser debatidas. Ahora pasen, estamos abiertos.

2.. Viajemos por el Tiempo y el Espacio. Vamos a Buenos Aires, a pocas cuadras de la estación de trenes de Once, pero no hacia la zona comercial. Vamos a esa parte vieja de la ciudad, casi oculta, de Pueyrredón para el oeste entre Rivadavia y Corrientes. Para el lado del Abasto, y no del Abasto actual. Estamos a fines de los ‘80s y ese barrio es tierra de nadie. Vemos un caserón viejo de aspecto descuidado, frente típico de una construcción porteña de la primera mitad del siglo XX. Década del ’40, generosamente. Sin limpiar desde aquella época. Nadie se detendría a verla y a nadie la llamaría la atención. Podemos ver una gran ventana con un ficticio balcón que casi no sobresale, cuya persiana está siempre cerrada con candado y al lado, una puerta alta que, cuidada y con onda, hoy podría decírsele ‘art nouveau’. Entremos. Un pequeño pasillito recibidor con menos luz de la necesaria y cierto aire fresco nos indican que la casa está habitada y ventilada. Caminamos unos pasos y una escalera quizá más vieja y descuidada que la casa puede conducirnos a las habitaciones principales o al misterio. No nos incumbe la planta alta. Pasamos a una sala distribuidora, una habitación de 3 por 3, con la escalera a nuestra derecha, en frente, una pared enteramente vidriada que deja pasar la luz que viene de un patio y dos puertas amplias que nos conducirán a otras habitaciones a la izquierda. Aquí –y en la habitación que no mira a la calle- funciona el Club. Sensorialmente no es gran cosa. Hay muy poco para ver exceptuando algunas revistas mal exhibidas en muebles que podrían pertenecer a un museo si estuviesen medianamente cuidados (no es el caso). La luz entra principalmente del ventanal por el que puede verse un largo patio que funciona a la vez de pasillo descubierto hacia más habitaciones y seguramente a un baño, como eran las casas antiguas. El penetrante olor nos obliga a imaginar al abandonado patio poblado de animales. Mínimo un perro y un gato. Se abre la puerta de la habitación que desaprovecha el balcón del frente. La oscuridad es más intensa, fragmentada por estática de televisores blanco y negro y una oleada de calor acompaña al hijo del dueño de la casa que allí tiene su taller de reparación de electrodomésticos. A pesar de su aspecto poco ‘funnie’, como es gordito y tartamudea un poco, los ocurrentes chicos del Club se refieren a él como Porky. Su habitación está off-limits para todos excepto para él. Se sospechaba que además de reparar aspiradoras mantenía cautivos y torturaba prisioneros.
Nos queda una habitación por mirar. El corazón del local en esta encarnación. Allí se encuentra la biblioteca, La Biblioteca. Toneladas de papel impreso con material de variada calidad, procedencia, valor y hasta dueño. Tres paredes cubiertas de estanterías metálicas repletas de historietas.
Un cliente puede entrar y llegar a la sala repartidora, mirar el poquísimo material a la venta e irse sin descubrir jamás a ningún ser vivo, sin enterarse de que en esta última habitación de 4x4, techos altos y pisos de madera hay una presencia constante de al menos cuatro personas amantes de los cómics en torno a una mesa grande, con una botella de Coca y revistas. Quizá están enfrascados en una discusión sobre los efectos -y defectos- de Crisis, probablemente estén charlando de fútbol, pero seguramente deben estar jugando al tute. Si ese cliente tuviese muchísima mala suerte, podría llegar a cruzarse con el dueño de la casa. Pero ese capítulo se titularía La Biología del Terror.

3.. Durante fines de los 90’s, mucha actividad política se desarrolló a través de manifestaciones multitudinarias en las calles porteñas. El circuito Plaza de Mayo-Plaza de los dos Congresos-Callao-Corrientes-Obelisco se convirtió en un clásico... para desgracia de los poseedores de locales sobre dicho recorrido. Noche de calor, los locales cierran antes sus persianas porque el programa dice que hoy hay marcha de la Izquierda y la mano viene brava. A la hora de cerrar, dentro del inmenso Club de la avenida Corrientes hay cuatro personas. Alguno será empleado fijo, alguno franquero (o refuerzo, o suplente), alguno amigo, quizá, que pasaba por ahí y hacía al aguante. Dos de ellos salen por la pequeña puerta metálica de la cortina ciega y van a comprar algo para tomar. Si tienen que quedarse dentro hasta que pase la multitud, por lo menos deben aprovisionarse para resistir. Dentro se ordena el local, Nico hace la caja, se barre, y el ruido de los bombos y los cánticos van en aumento. Por supuesto, un local cerrado no tiene timbre y todavía no aparecieron masivamente los celulares al punto de reemplazar al portero-eléctrico. Los chicos que vuelven con las bebidas empiezan a golpear la puerta y a gritarle a los de adentro. El bardo aumenta y sacuden la persiana. Por fin les abren la puertita al grito de “¡Cortala! ¡Cortala, hijo de puta!”. Adentro reina un clima distendido y ameno, contrastando con el malestar político de las hordas que pasan a metros por la calle y la vereda de la avenida. Pero el ruido va aminorando. La marcha prosigue hacia el Obelisco, su ruta. Ya está todo dispuesto para abandonar el local. El Gordo Agüero abre la puertita y saca la cabeza para tomar la calle. Bonelli va atrás casi empujándolo como si fuese un scrown de rugby. Pero el Gordo se frena. Ahora parece que el equipo contrario empuja más fuerte. Agüero vuelve a entrar en silencio y pálido con una escopeta recortada fija delante de su cara. En cuanto queda un poco de espacio, tres hombres armados entran enfurecidos al local al grito de “¡Todos al suelo, carajo!”. “¡Manos arriba o te quemo!”. El gordo que de por sí es blanquito, estaba más pálido que un papel. El primero que reaccionó fue Micky, muy conciliador: “Está bien, está bien, tranquilos, todo bien”. Uno de los ‘invasores’ pasó a la parte de atrás mientras preguntaba “¿Dónde la tienen? ¿Dónde está?”. “No se hagan los pija porque los quemamos a todos, ¿cuántos son?”. Parecía que Micky era el único que no había perdido el don del habla y llevaba fríamente la conversación, bien tranqui ante una situación que parecía a centímetros de una masacre. Trataba de convencerlos de que nadie tenía armas (ya los habían cachado a todos, arrodillados en el piso con las manos tras la nuca), que no había nadie más que ellos y que no iban a oponer ninguna resistencia. Siguieron entrando personas, pero ahora eran uniformados. La confusión parecía ir en aumento. Todos gritaban órdenes, preguntaban –y no precisamente el precio de un taco de Zinco-; todos excepto los cuatro azorados jóvenes que no sabían que el empleado del quiosco a metros de la entrada del Club había escuchado los ruidos de la entrada de los chicos y había denunciado un robo y un intento de asesinato por la frase “cortala, cortala”. Todos esos personajes armados eran efectivos de civil de la policía que tardaron en convencerse de que los cuatro chicos que estaban dentro del Club no eran ni ladrones ni asesinos, sino, por el contrario, los responsables del local. Dicen que el Gordo Agüero siente el frío del metal en la cara y empieza a transpirar o temblar de sólo acordarse aquella noche tan cerca de la muerte.

4.. “_Ya firmé todos los papeles, ya dejé que me cagaran la antigüedad como empleado, ¿qué más querés? –monologaba el Negro Mario. –Entiendo que las cosas estén mal, pero si me vas a rajar así... yo soy dueño en parte, ¿no podemos hablarlo? No puede ser que una decisión tan importante sea así, ‘listo, chau’. Yo los banqué siempre, les conseguí guita prestada de mi vieja y de mi compadre y ahora, puf, se esfumó el Club y si te he visto no me acuerdo. Puse mi casa, la casa donde vive mi vieja, de garantía del local, ¿y ahora me dejás en la calle? ¿No acepté yo que como las cosas no iban bien me arremangaba y laburaba más por lo mismo? ¿No te banqué cuando me dijiste que cambiaba la sociedad y de ahora en más empezaba todo de cero? Entiendo que estés mal, pero no me tires a cagar así. Jamás hubiera esperado algo así de vos. Somos amigos desde hace ¿cuánto? ¿quince años? Doce, ponele. No me podés hacer esto, es una guachada. Ayer cuando me lo planteaste me dijiste vení mañana a llevarte tu porcentaje, pero ayer era un local como la gente y mirá ahora... Se pasaron toda la noche llevándose todo lo decente del local y dejaron la mierda. Es una turrada. No hay un cómic digno. Quedó lo invendible, lo que está cien veces en distribuidora, todos los clavos. ¿De esto tengo que llevarme mi porcentaje? Yo sé qué material había en el depósito, yo cargué las dos mudanzas y ahora faltan toneladas de cosas. ¡Este no es el Club de Santa Fe que yo ayudé a abrir y en el que trabajé los últimos... ¿ocho años? ¿siete? Seis, ponele. No sean hijos de puta, me deben guita, me expulsan de la sociedad sin más, y ahora me dan a elegir un porcentaje de la mierda. ¿Y de las deudas se hace cargo José? ¡Pará!”- Afligido Fin.

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Quien quiera hacernos llegar su postal del Club, no tiene más que escribirnos a leoleetumail@gmail.com y nos contactaremos con ustedes para averiguar más sobre ese momento del Club que ustedes quieren compartir.
No hace falta que esté narrada, cuéntennos a grandes rasgos la anécdota y vía mail intercambiaremos data para armar nuevas postales y figurarán como co-autor, o como personaje dentro de la anécdota o anónimamente, como ustedes prefieran. No hace falta que sea un gran momento o un hecho relevante, simplemente una pequeña circunstancia que hayan vivido en el Club que recuerden –por lo bueno, por lo malo o por lo bizarro- y crean que se pueda compartir a manera de postal. Vamos, esa es la forma de participar en esta entrada del blog. Esperamos su material para nuevas postales.
Leo Sciagosicci
sobre una idea de D. Accorsi

martes, 5 de enero de 2010

Este sábado hay... Feria de Comics!


Amigos!
Como ya es costumbre, este sábado 9 de Enero tenemos Feria de Comics en Acevedo 460 (a metros de la Avenida Corrientes y la estación Malabia del Subte B).
El horario es de 17 a 20 y, como siempre, los esperamos con una increíble selección de revistas, TPBs, hardcovers y muñecos a precios MUY por debajo de lo que se paga en comiquerías.
La Feria no se suspende por NADA.
No dejen de avisarle a sus amigos comiqueros!